La pasión compartida de los Martínez – Barrachina de Alcañiz y heredada del tío Ángel

En la casa familiar de los Martínez-Barrachina, en Alcañiz, el Viernes Santo se vive como una ceremonia en sí misma. El trasiego comienza pronto, con buena parte de la familia reuniéndose en la vivienda de la abuela para vestirse con la túnica, colocarse el tercerol y ajustar el tambor antes de salir a la calle. Entre risas y prisas, casi una veintena de personas se mueve por las habitaciones para prepararse a la vez, en una escena que ya forma parte de la tradición del clan. La abuela, Pili, y la tía Carmen ocupan un lugar central en esa coreografía doméstica que, año tras año, se repite sin fallos.

La costumbre de hacerse una fotografía en el mismo punto del portal familiar también se ha convertido en una señal de identidad. En apenas 25 años, la imagen ha ido sumando nuevos miembros hasta reflejar el crecimiento de una familia que mantiene intacto el vínculo con la Semana Santa de Alcañiz. Solo el tío Javi rompe esa rutina, obligado a adelantar su llegada a la plaza por su condición de cetrillero.

Para los Martínez-Barrachina, acompañar el recorrido hasta la plaza de España para participar en la Procesión del Pregón es uno de los momentos más esperados del año. Mientras aguardan al resto de allegados, los primeros redobles empiezan a escucharse. Los más pequeños, Irene y Alejandro, observan a los mayores, Juan y Nacho, y el sonido del tambor acaba contagiando a todos. En cuestión de segundos, el ensayo improvisado se convierte en una pequeña concentración familiar marcada por la ilusión de salir a procesionar.

La afición por el tambor no llegó a esta familia por la vía habitual. El abuelo, natural de Jaén, se instaló en el Bajo Aragón Histórico por motivos de trabajo, conoció a la abuela y tuvo cuatro hijos: Juanma, Rosa, Rocío y Javi. Fue el hermano de la abuela, Ángel, quien transmitió a los suyos esa devoción por la Semana Santa. Carpintero de oficio, se encargaba de mantener y limpiar las peanas cuando comenzaron las primeras procesiones en la zona. Con él salió por primera vez Juanma, el mayor de los hermanos, y después lo hizo Javi, que más adelante asumió la continuidad de ese legado cuando el tío ya había fallecido.

Los recuerdos de infancia están ligados a los ensayos en los paseos del castillo, a las invitaciones que llegaban desde el colegio y a las tardes de práctica en la huerta familiar. Allí, los primos Nacho, Juan, Jorge, Óscar, Duna, Jesús, Irene y Alejandro fueron incorporándose a la tradición con el paso de los años. Nacho recuerda cómo en Escolapios también les ofrecían clases de tambor y cómo, los domingos, la familia convertía la huerta en un espacio de convivencia donde la Semana Santa seguía viva más allá de las fechas del calendario.

La participación de todos ha ido creciendo con el tiempo. Duna, por ejemplo, se encargó el año pasado de sacar el paso de la Verónica, convirtiéndose en la primera mujer de la familia en hacerlo. Además, los ocho primos siguen tocando con instrumentos elaborados por los tíos Juanma y Miguel Ángel, piezas que conservan casi como reliquias. El mayor de los primos también ha aprendido a reparar su propio tambor, cambiarle la piel o las llaves, con la intención de seguir el oficio familiar junto a su padre y su tío.

La pasión por la Semana Santa se ha transmitido de padres a hijos —y de tíos a sobrinos—, pero también de abuelos a nietos, hasta convertirse en un sentimiento compartido que se deja notar en cada rincón de la casa. Se ve en la alegría con la que esperan la llegada de estos días y en la emoción de la abuela y la tía cuando los ven entrar por la puerta, ya vestidos para salir a la procesión.

Este Viernes Santo repetirán el ritual: la foto en el mismo lugar de siempre, la subida en grupo hacia la plaza de España y la espera en el Molino, donde las mujeres de la familia los aguardan cada año para verlos pasar, saludarles y guardar el momento. Después, el regreso a la casa de la abuela marcará el cierre de la jornada, con la comida familiar como otro de los grandes momentos del día. Allí, alrededor de la mesa, la Semana Santa volverá a ocupar todas las conversaciones, en una familia que ha hecho de la tradición su mejor herencia.

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