Calanda volvió a vivir este Viernes Santo uno de sus momentos más esperados con la Rompida de la Hora, protagonizada en esta ocasión por Joaquín Lahoz, conocido popularmente como ‘El Manzanas’, que estuvo arropado por tres de sus nietos y por el actor Antonio Resines, invitado de honor en una jornada marcada por la emoción y la tradición.
Minutos antes del estruendo, Lahoz se mostró nervioso, aunque sin perder el humor que le caracteriza. A su lado permanecieron en todo momento sus nietos, que no se separaron de él y le acompañaron como auténticos guardianes mientras vecinos, autoridades y medios de comunicación seguían de cerca cada movimiento en el Ayuntamiento. El calandino aprovechó para presentar con orgullo a sus nietos y para compartir bromas con quienes se acercaban a felicitarle por el reconocimiento recibido este año.
Resines, que también despertó una gran expectación en el interior de la casa consistorial, atendió a numerosos vecinos y posó para fotografías junto a Lahoz, en un ambiente de cercanía y complicidad. En el Ayuntamiento también estuvo presente el alcalde de Calanda, Alberto Herrero, que no quiso perderse el acto pese a encontrarse convaleciente de una dolencia médica. Junto a ellos, otras figuras ligadas a la tradición tamborilera, como Antonio Royo, vivieron con intensidad la cuenta atrás de una de las citas más emblemáticas de la Semana Santa calandina.
Ya en la plaza, abarrotada de tamborileros, vecinos y visitantes, la tensión fue en aumento hasta el momento decisivo. Los nietos de Lahoz siguieron a su lado en todo momento, lanzándole ánimos mientras la multitud se preparaba para el estallido. Tras la salida del Bombo Grande y la colocación de los protagonistas, los últimos segundos transcurrieron entre gritos de aliento, palillos en alto y una gran expectación que culminó con el estruendo de la Rompida, apenas unos instantes antes de las 12.00.
Al término del acto, Resines resumió la experiencia en una sola palabra: “acojonante”. El actor añadió que había recibido invitaciones para acudir en años anteriores y que no entendía por qué no había vivido antes en primera persona una celebración que, una vez más, convirtió a Calanda en epicentro de la tradición aragonesa y de la emoción compartida.
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