Alfredo Larrosa Meseguer, vecino de Zaragoza nacido en Mazaleón en 1948, ha encontrado en la pintura una vocación tardía y sorprendente. «Nunca pensé que podía pintar lo que pinto», reconoce mientras repasa con la mano una carpeta repleta de retratos en los que aparecen rostros tan conocidos como Sean Connery, Paul Newman o Meryl Streep, junto al suyo propio. También hay paisajes, bodegones, animales y escenas inspiradas en su pueblo natal, al que regresa siempre que puede.
Larrosa comenzó a dibujar en la escuela, donde llegó a probar la tinta china, pero aquella afición quedó entonces aparcada. La muerte de su madre cuando era adolescente llevó a su padre y a él a trasladarse a Zaragoza, donde trabajó durante décadas como administrativo hasta su jubilación en 2010. Fue un año después, al incorporarse al Centro de Convivencia para Mayores Francisco de Goya, cuando retomó el contacto con las artes plásticas y descubrió un mundo nuevo a través de los cursos que ofrecía el centro.
Su primera formación fue en acuarela, disciplina que más tarde amplió al dibujo y al óleo. «Solicitamos un profesor y nos lo concedieron. Hemos aprendido muchísimo», explica. Ese aprendizaje continuado le ha permitido pasar del garabato básico a composiciones cada vez más elaboradas, con especial dedicación al retrato. Sus obras incluyen figuras, frutas, flores, paisajes y bodegones trabajados en lápiz, sanguina, acuarela y pastel, técnica que asegura que es la que más le atrae.
El pastel, dice, le recuerda a las pinturas de su infancia y le ofrece resultados especialmente expresivos, aunque exige precisión, afilar puntas con frecuencia y aplicar fijador. Con el tiempo, Larrosa también ha ido perfeccionando su conocimiento sobre papeles, gramajes y porosidades, elementos que considera esenciales en el proceso creativo.
Entre sus trabajos más personales figuran los retratos de su familia, incluidas sus nietas en distintas edades, y numerosas obras dedicadas a su esposa, Mª Ascensión García, que también guarda en casa elaboradas labores textiles. «Nos complementamos los dos», afirman. En el estudio donde pinta, junto a la carpeta de obras que no ha regalado, trabaja frente a la imagen de su mujer, una presencia constante en una trayectoria artística que él mismo sigue descubriendo día a día.
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